…dele siguiente no más amigo

No habrá revolución sin canción (Mélanie Brun, 2013)


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Fui a ver No habrá revolución sin canción (Mélanie Brun, 2013) con la idea de que ojalá tratara el tema de las canciones comprometidas socialmente desde una perspectiva fresca (la directora es francesa) y sobre todo, que cubriera este tema hasta el periodo más contemporáneo posible, ojalá por lo menos tratando la década de los 90, pero no fue tan así.

Animado por la descripción del documental y de la foto promocional (la que ven encabezando este artículo de opinión) donde aparece Álvaro España de los Fiskales Ad-Hok, imaginaba que el trabajo de Brun iba a abarcar mucho más que la Nueva canción chilena y el Canto nuevo y que lo iba a hacer de una forma distinta, con una mirada complementaria a lo que se ha desarrollado en Chile, no acertando del todo.

No habrá revolución sin canción bien podría haber sido hecho por un chileno y no habría mayor diferencia. Y si bien es cierto que abarca un periodo algo más largo que el que contiene a la Nueva canción chilena y el Canto nuevo, tenía una expectativa con respecto al documental que no se cumplió. Debe ser que la Nueva canción… tiene un peso tan grande cuando se habla del tema que es imposible no dedicarle harto tiempo y en ese sentido me quedó la sensación que hasta la parte en que se hablaba del Canto nuevo fue corta, pero la verdad es que no andaba con cronómetro.

Para entender la relación entre la política y la música en Chile resulta evidente que hay que remontarse a la década de los 60, no hay forma de saltarse esa época para construir la historia. Pero según lo veo yo, con la cantidad de personas que han dedicado su energía a analizar dicho periodo y cómo influyó en la política y la sociedad de Chile de esa época en adelante, uno puede esperar que quienes asuman el desafío de hablar del tema hoy lo hagan aportando algo nuevo y en ese sentido creo que No habrá revolución sin canción se quedó corto.

El documental es correcto y resultará de interés para quienes no estén al tanto de la música de compromiso social, denuncia y protesta que se realizó desde fines de los 60 hasta el fin de la dictadura, pero su aporte en el contexto del material que existe sobre la época no me queda muy claro. Quizás se me escapa algo, no sé, pero no logro verlo.

En cuanto a acaso el documental llega a cubrir al menos los años 90, diría que no salvo una pequeña aparición de Álvaro España como entrevistado. Y con respecto a los 80 hay unas pinceladas, tanto de la canción en el exilio como de quienes se quedaron en el país, pero menos de lo que en lo personal hubiese querido.

Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, hay una parte del documental que sí me parece relevante rescatar y que habla sobre cómo se percibía la música del estilo de La nueva canción chilena a fines de los 80. Para cuando se estaba diseñando la campaña del No se desechó la idea de que la canción alusiva estuviera emparentada musicalmente con lo que se desarrolló en los 60 hasta el 73 porque argumentaban que ella hablaba a un público muy reducido y demasiado identificado con Allende y que querían convocar a más gente, componiendo finalmente el tema que todos conocemos.

Lo anterior va de la mano con la anécdota que cuenta Álvaro España sobre una presentación de los Fiskales Ad-Hok en una facultad de la Universidad de Chile que se encontraba en toma exigiendo la salida del rector designado de la época. España vio a puros hippies sentados sin hacer mucho y los empezó a putear, a incitar a la acción, a que “levantaran el culo” (si la memoria no me falla) e hicieran algo y los llenaron a botellazos.

Y esto es un tema que en general no se toca tan directamente: la idealización del movimiento musical desarrollado a fines de los 60 y comienzos de los 70, omitiendo la visión de las generaciones que no vivieron ese momento. Un sector de estas, aun compartiendo el espíritu de protesta y justicia social de la Nueva canción chilena, no necesariamente se siente identificado con sus formas y lenguaje musical. Y ese quiebre es interesante porque intuyo que va más allá de ser una cosa generacional.

Habitualmente se habla muy por encima de las nuevas corrientes musicales que aparecieron en los 80 y que quisieron distanciarse de lo que ocurría 15 o 20 años antes (Los Prisioneros como ejemplo básico), pero tengo la impresión de que no es común que se profundice en este aspecto. Poner ese tema en la mesa es un punto a favor de No habrá revolución sin canción, aunque Brun tampoco haya indagado mucho al respecto.

Para cerrar, en mi opinión, lo novedoso hoy por hoy sería analizar el momento musical de Chile en la década del 2000 desde la perspectiva política y social enfrentándolo con lo que pasó en los 60 y 70. ¿Existe una “banda sonora” para Revolución pingüina? ¿Y para las demandas de educación gratuita, nueva constitución, igualdad de género, etc.? ¿Qué pasó que no es así? Seguro que hay músicos que están abordando estas temáticas en su trabajo (Anita Tijoux es un ejemplo visible de ello), ¿pero por qué en general todo es tan subterráneo? ¿Por qué todo es tan bailable en la radio? Se podría hacer un buen ensayo al respecto.

El documental No habrá revolución sin canción (dirigido por Mélanie Brun, 2013) fue parte de la Competencia nacional del festival In-Edit Nescafé 2013.

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