…dele siguiente no más amigo

Comentario · Albert Camus — La peste (1947)


Hace varias semanas que terminé de leer La peste de Albert Camus y confieso que a estas alturas ya olvidé varios de los detalles, pero lo que no puedo olvidar la sensación que me me dejó su lectura.

Simplificando mucho y en términos prácticos, el libro se enmarca en un azote de peste que sufre la ciudad de Orán (Argelia), desde que se manifiesta la enfermedad hasta que desaparece. En ese contexto, se habla sobre cómo la problemática es enfrentada por todos los habitantes del lugar y en particular por el doctor Rieux.

¿Es de alguna utilidad conocer la temática del libro? No mucha, ya que conocer la trama de La peste no lo prepara a uno para su lectura. La experiencia de enfrentarse a las palabras de Camus es tremenda, agotadora. Terminar el libro, que no es particularmente extenso, me tomó alrededor de 5 meses de trabajo. Trabajo, sí, porque el libro me consumía cada vez que lo abría.

De Camus, previo a La peste, sólo había leído El extranjero. A más de alguno le debe sonar. Aquel libro me dejó confundido, algo inquieto. A Camus le bastan palabras sencillas para producir efectos tremendos en el lector. Es difícil quedar indiferente.

La peste no tiene giros inesperados en la trama. Tampoco no linealidades. Menos aún una velocidad que lo haga a uno devorar sus páginas. La peste es, sencillamente, una historia profundamente humana en un contexto asfixiante.

Y es este contexto el que a uno, como lector, lo va aturdiendo, empantanando. Camus logra que uno se convierta en uno de los tantos habitantes anónimos de Orán, que experimente la negación, la desesperación y finalmente la aceptación de vivir con la peste, de verla en todos lados, de respirarla, de no poder olvidarla porque está ahí y en todos lados. No hay escapatoria. No al menos una real.

Te levantas una mañana y te enteras de la misma noticia de todos los días: sigue creciente el número de muertos. Nadie sabe cómo detener la enfermedad y tu vecino, así como aquel amigo a quien tanto estimabas, o ese familiar con el que nunca lograste entenderte no son más que parte de una estadística, cuerpos en una de las tantas fosas comunes que las autoridades tuvieron que improvisar porque el cementerio ya no daba abasto.

Como uno más de Orán te preguntas cuándo comenzó todo, cómo nadie se dio cuenta. Las pistas estaban a la vista de todos, pero nadie quería entender. ¿Será la peste? Nadie la nombraba, se sabía que era ella, pero nadie quería provocar alarma… la vida es más cómoda no sabiendo…

Y como los demás, comienzas a extrañar. Puedes sentir la separación, la lejanía, la amputación que sufre la ciudad. Ya nadie cruza las fronteras, en ninguna dirección, está prohibido. Orán se pudre y todos nosotros con ella.

Finalmente, te saturas. La peste es tan evidente que dejas de verla. Vives sólo el presente porque no hay futuro y te acostumbras a la desesperación. Visitas a tus amigos, vas a algún café, pero sólo por hacer algo, sin ninguna finalidad, porque ya todo carece de sentido. Y en tu evasión, asistes a una obra de teatro sólo para que la peste te salte a la cara cuando uno de los actores cae fulminado sobre el escenario, incapaz de contener por un minuto más los síntomas de la enfermedad que padece. Dejas tu butaca en silencio, desorientado. Eso de recién no ocurrió, te dices.

Y uno, como lector, a estas alturas se encuentra tan desencajado que ni siquiera logra entrever un final feliz a la problemática. Entiende o asume que en algún momento la peste se debilitará, que los medicamentos por fin harán efecto y que la enfermedad se retirará, pero no sabe cómo esto se podrá traducir en felicidad.

Así, no obstante la euforia que experimentan los habitantes de Orán cuando, finalmente, se anuncia que la peste ha sido controlada, uno no puede sino solidarizar con el siguiente pensamiento de Rieux:

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa.

Probablemente no vuelva a leer este libro.

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